Cada año, en el segundo domingo de Adviento, el Evangelio nos presenta a Juan el Bautista — ese profeta audaz cuya misión era preparar el camino del Señor. En el desierto, vestido de forma sencilla, viviendo de la tierra y predicando el arrepentimiento, Juan proclamó una verdad simple pero que cambió la vida: ¡el Mesías viene — prepárate!
Juan creía en lo que el mundo solo esperaba: que el Salvador estaba a punto de llegar, y con él vendría todo el reino de los cielos. Y dedicó su vida a preparar el camino. Sin miedo. Apasionadamente. Sin contar el costo, que sería su propia vida. Pero no le importaba. Porque hacía lo que Dios quería que hiciera. Y nada más importaba más.
Juan es llamado el precursor porque se adelantó a Jesús para preparar los corazones para su venida. Y eso nos plantea una pregunta: ¿Quién o qué nos prepara para Jesús? ¿Qué nos ayuda a dar la bienvenida a Dios más plenamente en nuestras vidas?
A veces nuestro "precursor" no es una persona, sino una experiencia. El sufrimiento, por ejemplo, puede abrir nuestro corazón de nuevas maneras. Una vez visité a un miembro mayor de la iglesia después de que le diagnosticaran cáncer terminal. Me dijo que si alguna vez salía de ese hospital, volvería a la iglesia. Lo hizo. Fue un privilegio escuchar su confesión y darle la bienvenida de vuelta a casa.
He visto muchos momentos así — momentos de lucha que llevaron a la gente de vuelta a la fe. Dios sigue obrando a través del Espíritu Santo de innumerables maneras silenciosas, llamándonos al arrepentimiento y a la renovación.
Sin embargo, el sufrimiento también puede endurecer los corazones. Puede hacernos amargos en vez de abrirnos. A menudo me pregunto por qué acerca a algunas personas a Cristo mientras aleja a otras. Quizá ese misterio sea uno en el que pasaremos toda la vida reflexionando.
El Adviento nos invita a preguntarnos si estamos dando frutos dignos de arrepentimiento. ¿Están nuestras vidas dando frutos del amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la generosidad, la fidelidad, la ternura y el autocontrol? ¿Qué podría estar Dios llamando a cambiar o renovar?
Hacer estas preguntas con honestidad es hacer la verdadera obra del Adviento: preparar nuestros corazones para la venida del Señor.
Dios te bendiga, en María Auxiliadora, Padre Franco